Pianista majestuosa y judía, el perfil que condenó y al mismo tiempo salvó la vida de Alice Herz-Sommer, la sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial más longeva que la historia haya conocido. Testigo de las más duras pruebas fue siempre fiel a sus principios: “El secreto de mi vida es el optimismo, y mirar el lado bueno de las cosas”, bajo esa premisa viviría hasta el último de sus días durante 110 años.

Alice Sommer en su juventud, antes de caer prisionera del régimen nazi.

Nacida el 26 de noviembre de 1903 en Praga, en otrora territorio Austro-Húngaro, Alice crece en el seno de una familia judía bien acomodada, con una hermana gemela y dos hermanos, para todos, la cultura y las artes formaban parte del día a día. Contaba apenas 4 años de edad cuando escuchó por primera vez la Segunda Sinfonía de Mahler, descubriendo en ése instante la pasión por la música que le acompañaría por siempre.

La historia de la joven pianista y su familia cambiaría por completo con la llegada del régimen nazi y sus políticas anti judíos. Pero fue exactamente en 1943 cuando Alice, en compañía de su esposo Leopold Sommer y su hijo Raphael, fue trasladada al campo de concentración de Terezin, el cual según Hitler, estaba especialmente destinado para preservar a los artistas de la guerra, aunque ello fue sólo una fachada.

Más de 144 mil judíos fueron encarcelados en el campo de Terezín, sólo 17.247 de ellos salieron con vida.

“Tocaba Chopen mientras ellos enviaban a mi familia a la muerte”, recordaba Alice aún en vida, al hablar de su madre, quien había sido directamente conducida a los campos de exterminio, y a quien jamás volvió a reencontrar. Y así transcurrieron dos años, divirtiendo y maravillando con su talento al Führer y sus séquitos, en ésa innoble prisión en la que tuvo que despedir para siempre a su esposo y ver morir a otros miles de judíos.

Aferrada a la música, vivió esperanzada hasta que al fin pudo recobrar la libertad, no obstante, antes de partir, decidió cambiar el color de los días de sus compañeros de celda con la música emanada de su piano, para lo cual, sorprendentemente consiguió el permiso. Para Alice, cada nota constituía una nueva oportunidad de escapar y recobrar la vida que tanto anhelaban.

Reconstruyendo una vida.

Pese al dolor y la pesadilla vivida hasta ese momento, Alice y su hijo Raphael, una vez liberados, asumieron el compromiso de reconstruir sus vidas y viajaron a Israel. Mientras se presentaba nuevamente como concertista, su primogénito se convertía en un reconocido chelista, por lo cual posteriormente ambos terminan viviendo en Inglaterra.

Alice y su hijo Raphael. Ambos sobrevivientes del holocausto.

Su actitud ante la vida fue pieza clave para el reinicio, jamás perdió su sonrisa ni su optimismo, cada vez que era interrogada sobre su manera de sobrellevar el dolor y dejar de lado el terror que vivió, Alice Herz-Sommer respondía sin titubear:  “La vida es bella, tienes que estar contento de poder admirar. Debemos estar agradecidos por estar vivos. En cualquier parte que mires hay belleza. Cada día es un milagro. No importa lo malas que puedan ser las circunstancias, tengo la libertad de elegir mi actitud de vida, incluso para encontrar dicha. El mal no es nuevo. Depende de nosotros cómo tratemos con el bien y el mal. Nadie nos puede quitar ese poder. La música me salvó la vida. La música es mi Dios”.

Alice Herz-Sommer conservó su sonrisa y su actitud positiva ante la vida sus 110 años.

Precisamente por su música y aún más por su sabiduría Alice sería reconocida hasta su último respiro. El 23 de febrero del 2014, a sus 110 años, se despide del mundo rodeada y bien amada por sus familiares. Su existencia fue un homenaje al ser humano, y quedó grabada en la historia con la biografía escrita por Caroline Stoessinger titulada “El mundo de Alice” y con el film “The Lady in Number 6 : Music Saved My Life” ganador de los Premios Oscar como mejor cortometraje documental en el 2013.

 

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